Alargamiento óseo

Se trata de un procedimiento relativamente nuevo, que permite compensar diferencias en el largo de las extremidades e incluso ganar más estatura cuando es necesario.

 

Es de esos avances en medicina que sorprenden, no sólo por lo que implica en términos técnicos, sino por el impacto en la calidad de vida de quienes se ven beneficiados con ello.

Hoy, el alargamiento óseo es una realidad en Chile y pacientes con diferencias importantes en el largo de sus extremidades, o que dada su baja estatura desean alargar ambas piernas o brazos, tienen la posibilidad cierta de hacerlo. Lo mismo quienes han sufrido pérdidas masivas de sustancia ósea, ya sea después de un accidente con fractura abierta, cuando el hueso no ha consolidado o ha sufrido una infección.

Según explica el doctor Alejandro Baar, del equipo de Traumatología de Clínica Las Condes, el procedimiento puede realizarse tanto en niños como en adultos. “Este método de regeneración ósea por estiramiento de los fragmentos –denominado osteogénesis por distracción– derribó el antiguo mito respecto de la imposibilidad del hueso para regenerarse. Así, personas que poseen malformaciones congénitas (como hemimelia fibular, defecto focal proximal del fémur, agenesia radial, etc.), deformidades posttraumáticas, secuelas de infecciones (como artritis séptica), diferencias de longitud de extremidades o talla baja (como enanismo y otras formas de displasias esqueléticas), pueden optar por un tratamiento que permite alargar, enderezar o reemplazar hueso perdido”.

Un poco de historia

El alargamiento de extremidades se viene realizando exitosamente desde la década de los 50. Fue en Kurgan (provincia de Siberia, en la ex Unión Soviética), donde el médico general Gavriil A. Ilizarov se vio enfrentado al desafío de solucionar las secuelas que presentaban varios veteranos de la Segunda Guerra mundial, con fracturas en sus extremidades que no consolidaban.

Dado lo limitado de los recursos, Ilizarov desarrolló un método para fijar los fragmentos basado en el uso de un tutor externo, fabricado inicialmente con elementos como rayos de bicicleta, que eran puestos alrededor de las extremidades, y con los que a través de la compresión se estimulaba la consolidación.

En una oportunidad, un paciente por equivocación realizó los movimientos de compresión en sentido contrario, separando progresivamente los extremos de la fractura. El médico pudo ver con sorpresa que entre los cabos óseos se formaba nuevo hueso. Esto fue el inicio de una gran investigación que finalmente concluyó en que el alargamiento óseo era posible, seguro y efectivo.

Cirugía “al hueso”

En la actualidad, una vez que el médico ha evaluado al paciente, solicita radiografías que le permitan medir y objetivar la deformidad y/o la diferencia de longitud del hueso. En ocasiones, cuando la situación lo amerita, pueden solicitarse tomografías computarizadas del segmento (escáner) para construir un modelo 3D, que permita evaluar mucho mejor el problema, además de programar en forma anticipada los pasos quirúrgicos a seguir.

Para la realización del alargamiento, el hueso comprometido debe ser dividido a través de incisiones mínimas, tratando de evitar al máximo los daños sobre los tejidos blandos que lo rodean, de modo de darle al hueso las mejores condiciones para que se regenere y consolide. Una vez dividido, y con la ayuda de un fijador externo, los extremos son separados lenta y progresivamente a razón de 1 milímetro diario, lo que permite el alargamiento y la regeneración ósea en forma simultánea. Así es posible alargar un hueso entre 15 y 100% más de su tamaño original. “El hueso regenerado es hueso normal y no va a tener ninguna diferencia con el hueso nativo del paciente. Durante el proceso se estiran también la piel, músculos, vasos sanguíneos y nervios”, explica el doctor Baar.

Luego de la cirugía, el paciente permanece entre 3 a 5 días en la clínica, dependiendo del dolor y de sus progresos en la rehabilitación. Mientras permanece hospitalizado, al paciente y/o a sus cuidadores se les enseña a desplazarse con bastones, practicar algunos ejercicios básicos y realizar un aseo rutinario del tutor.

Proceso

El proceso de alargamiento óseo consta de 3 fases:

Fase de latencia: Período entre el día de la cirugía y el comienzo del alargamiento. Generalmente la latencia es de 5 a 7 días, dependiendo del hueso y la edad del paciente. En este periodo los extremos del hueso se unen mediante un hematoma que es de consistencia “chiclosa”, y que al estar compuesto de sangre presenta varias sustancias capaces de generar hueso.

Fase de alargamiento: El hueso se va estirando progresivamente. Esto lo realiza el paciente o algún asistente en su hogar. En general, el hueso puede alargarse a razón de 1 mm diario. Dependiendo del tutor externo utilizado, esto se puede efectuar en forma fragmentada, por ejemplo, a razón de 0,25 mm cada 6 horas, lo cual reduce las molestias en el paciente. La duración de esta fase depende de la magnitud del alargamiento a realizar. Un alargamiento de 4 cm duraría 40 días.

Fase de consolidación: Período que transcurre entre el cese de la fase de alargamiento y el retiro del tutor. La duración depende de la magnitud del alargamiento y la edad del paciente. Otros factores como enfermedades concomitantes del paciente, tabaquismo o infecciones pueden alargarla. Una forma de aproximarse a la duración de esta etapa es considerar el doble de la etapa anterior. Por ejemplo, si se alargaron 3 cm (equivalentes a 30 días), la fase de consolidación es de 60 días. Al término de esta fase el médico está en condiciones de retirar el tutor externo. Habitualmente esto se realiza bajo anestesia general, pese a tratarse de un procedimiento ambulatorio.

Si soy muy bajo, pero no tengo ninguna enfermedad ¿Podría someterme a un alargamiento?

Según explica el doctor Baar, el ideal es ver cada caso en particular y analizar cuáles son las reales motivaciones del paciente. De esta forma se pueden sopesar con claridad las expectativas respecto de las posibilidades que brinda esta técnica.

Pacientes que se benefician con esta técnica

  • Malformaciones congénitas (hemimelia fibular, hemimelia tibial, agenesia del radio, defecto focal proximal del femur, etc.).
  • Deformidades posttraumáticas.
  • Secuelas de infecciones (como artritis séptica).
  • Diferencias de longitud de extremidades o talla baja (como enanismo y otras formas de displasias esqueléticas).